Streaming Killed the Radio Star
- Tabare Couto

- 16 ene 2019
- 4 Min. de lectura
¿Cómo es posible que alguna vez cantásemos “la música está enferma /para recuperarla hay que volverla a romper” y hoy revisemos nuestros playlist mental y esos artistas recurrentes tengan, como mínimo, cuarenta años de trayectoria? ¿Todo tiempo pasado fue mejor? ¿Me puedo negar a aceptarlo si sigo escuchando a Bob Dylan o emocionándome con The Clash sin remordimientos frente a las nuevas generaciones? ¿O es que parte de ir haciéndose viejo es aceptar que uno se convierte en una fotocopia borrosa de lo que alguna vez criticó? Puedo intentar negarme a caer en ese extremo, pero tampoco sería auténtico si jugase a ser el viejo ridículo bailando Ariana Grande o Cardie B, tarareando Camila Cabello o llorando con “Shape en You” ¿O sí?
Tal vez todo pase por aceptar que tu música preferida generacionalmente es aquella que te conecta con tus mejores (y peores) recuerdos y tan solo circunstancialmente será aquella que es hoy es un éxito actual y que te catapulta de cara al futuro. Porque antes mi (tu) futuro estaba allá lejos y hoy está acá cerca. Y tu (mi) pasado musical antes no existía -o era prestado y tenía que descubrirlo- y hoy tiene colapsado nuestro disco duro.
Cuando trabaja en la industria del disco tenía en mi escritorio tres pilas de cds. Una era donde amontonaba aquellos discos que tenía que escuchar de nuestra compañía. La otra, eran los discos de la competencia. La tercera, eran los trabajos que me gustaban personalmente y quería realmente descubrir o seguir disfrutando.
Y cuando trabajé en la industria del periodismo musical, recuerdo que casi todos los periodistas especializados -más o menos snobs- teníamos, para confeccionar las listas de los mejores discos y temas de cada temporada, una suerte de patrón más o menos común en Montevideo, Madrid o Londres.
Hoy no podría tener tres pilas de discos o tres grandes listas de reproducción online, ni consensuar un top 30 de mejores temas o álbumes. La industria se ha fragmentado tanto que es imposible captar una tendencia sobre otra con mucha facilidad. Salvo los flujos comerciales circunstanciales: se llame trap, reggaeton, brit pop o grunge. Porque no me refiero a tendencias del negocio, sino a movimientos o corrientes culturales. ¿O significa que los que estamos sobre nuestros 50 somos incapaces de ello y de percibir que, en realidad, esas tendencias comerciales son, finalmente, las que indiquen la temperatura cultural del momento? ¿Siempre fue así?
Hace un año elegí 12 temas pop que me parecían bien construídos (alguna publicación on line diría: brillantes). Los escuché hoy sin demasiada emoción, pero siguen funcionando. Quiero volver a escucharlos en 10 años. Démosle esa oportunidad a Ed Sheeran, Camila Cabello, J Balvin… Es música pop de hoy (de antes de ayer, en realidad). ¿Por qué no podemos pensar que perdurarán en el tiempo? ¿Al lado de quiénes los ubicaremos? ¿Evaluados con y contra qué?
También hace 12 meses, escogí 30 artistas y unas 90 canciones de la pasada temporada. Y es verdad, se me colaron Bob Dylan, Robert Plant, Roger Waters, Paul Weller, los Waterboys o U2 entre tantos otros vejetes como este humilde servidor. Pero también aparecieron algunos nombres nuevos. Este año volví a hacer el mismo ejercicio y me vuelvo a preguntar si alguien escuchará a algunos de estos artistas en en 5 o 10 años. ¿Qué necesitan estos nuevos artistas y estas nuevas canciones para tomar la posta de aquellas?. ¿O ya lo han hecho entre las nuevas generaciones y yo no puedo, por motivos de edad, darme cuenta de ese detalle y debo asumir mi vida en la nostalgia, en la mirada vintage entre los box sets y los documentales? ¿Tienen estos artistas y estas canciones nuevas el potencial para ser tan grandes como aquellas? ¿Deben serlo? ¿Importa si lo son? ¿Por qué debemos esperar que surja un nuevo Chuck Berry, un nuevo Dylan, un nuevo Bowie? Si nunca surgió un nuevo Beethoven ni un nuevo Mozart. ¿Para qué más? Para alimentar el negocio, tal vez. Para saciar nuestra sed de nuevas sensaciones. ¿Nuestra sed o la de las nuevas generaciones? ¿Para sorprendernos? ¿De qué y para qué? ¿Realmente queremos eso o queremos el show tal cual nos lo imaginamos, tal cual sonaba en el vinilo/cassette/compact disc/ play list? Nuestros cerebros reaccionan mejor si el acorde es tal cual lo escuchamos la primera vez y las dosmilquinientas veces que lo volvimos a escuchar… ¿Innovación? ¿Sorpresa? Mmmmm…. No lo sé.
Jane Wenner, histórico fundador de Rolling Stone, aquella revista que fuera contracultural y que luego fue una revista corporativa con onda, y que hoy busca comprador desesperadamente, le preguntó hace un tiempo a Bono, Saúl Hawson, cantante de U2 -por cierto, una de la bandas más fácilmente odiables y reiteradamente vilipendiada por la prensa especializada- “Bono, ¿qué le diría el Bono actual a su yo más joven que comenzó la banda?” Y el Bono actual respondió: “Deja de pensar todo dos veces”.
Tal vez ese sea el detalle que alguien como yo, y varios otros cercanos a mi generación, con la memoria casi llena de su disco duro -parafraseando, vaya, a Paul Mc Cartney- siente al escuchar nueva música, de viejos y, sobre todo, de nuevos artistas: no lo piensen dos veces. Al escribir estas columnas a veces me pasa lo mismo. No la pienso releer ni para corregirla y por un rato me dejaré llevar por la lista que Spotify hizo hoy para mí.
Porque puedo regodearme con los vinilos que son tan sexys, pero el streaming es una adicción irrefrenable. De hecho, es un oasis continuo para la nostalgia. Un droga alucinógena con calidad de sonido discutible. Para los melómanos que iniciamos esta vida musical escuchando cassettes pirateados y pudimos sobrevivir a la dictadura del low fi, la música en las redes -más allá de su calidad de sonido- es una paraíso (¿o un infierno seductor?) digno de ciencia ficción, donde Cardie B puede sonar tras Bob Dylan y Bud Bunny en medio de Robert Johnson.




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