BOB MARLEY: La primera piedra
- Tabare Couto

- 12 may 2021
- 3 Min. de lectura
“¿Quién va quedar en casa
cuando los luchadores de la libertad estén peleando?”
(Talkin’ Blues, 1971)
En un mundo y un negocio muy diferente al actual, bajo esa premisa simplista de ganadores y losers, Bob Marley fue el primero en lograrlo. O por lo menos el que llegó más lejos. Hoy los tiempos han cambiado y las condiciones son otras, pero más de cincuenta años atrás, aunque parezca obvio recordarlo, el mundo también era otro. Marley en ese entonces fue un abanderado (¿involuntario?) del Tercer Mundo que supo reinar fuera de su rango de acción predestinado por las fronteras de su país natal. El suyo fue un tránsito turbulento desde la tierra de los perdedores a los confines de los ganadores y los blancos. Y un reinado confuso y contradictorio. Con ramificaciones incombustibles, relaciones peligrosas, influencias inmortales. Su influencia desató re-interpretaciones emotivas y vomitivas. Su ascendencia artística, que a ciencia cierta nadie puede asegurar que el propio Robert Marley buscara enfundado en un misticismo primal, le llevó al mismo tiempo a obrar y conducirse bajo la guía divina del Ras Tafari Makonne en busca de la tierra prometida -cruzando el Océano, hacia la Madre Africa- y liderar las listas del negocio del pop occidental.
¿Marley fue un Profeta en medio del showbusiness de ese pop mundial? La revolución que abrazó, con su epicentro en la eterna lucha del sur y el norte que sigue sangrando al planeta, ¿pudo progresar cuando el arma principal fueron sus esponjosos acordes y fumar marihuana hasta andar volando por los caminos de Hailé Selassié? Sus detractores saben que no fue así. En realidad no tiene mayor relevancia que Marley no fuese el Mesías. Lo verdaderamente trascendental es que muchos sí lo creyesen. Y eso importaba más que la verdadera realidad. El poderío de su prédica musical ha quedado librado al azar y a la interpretación y a la coherencia individual, tanto como al canibalismo innato de la industria musical en general y discográfica en particular. Y ha quedado expuesto y desnudo, protegido únicamente por el inalterable encanto de un puñado de canciones imprescindibles, un conjunto de melodías tan contagiosas como salpicadas de poesía aguerrida- por no decir románticamente belicosa y reivindicativa.
Marley no era todopoderoso. Y no llevó su cuerpo y familia a Etiopía. Allí las caras eran tan huesudas y patéticas como las que conoció en su isla natal. Y no quiso verlas. Su base de operaciones -otra contradicción moderna- tenía su corazón repartido entre el Caribe pero, sobre todo, en los centros de poder occidental de Londres y New York. Desde allí, cargando la mochila de sus contradicciones de rockstar, acuchillaba sutilmente al mundo cada vez que cantaba una canción. Nunca se le debió pedir más. Tan sólo eso. Tanto como eso.
Y está claro que por ello ya merece un lugar de privilegio en el mundo de la música popular. Sin necesidad que le carguemos nuestras frustraciones de países en vías de desarrollo eterno, ni que reclamemos que no hiciera un reforma socialista y redistribuyera sus ingresos por derechos de autor y regalías entre los pobres del Tercer Mundo, comenzando por Jamaica y Africa. El fue, probablemente sin proponérselo políticamente hablando, un enviado de ese Tercer Mundo artístico y detrás de sus canciones habitó un ejército de desprotegidos y desconsolados. Luego, el mainstream supo vestirse y vender la moda de la pobreza y del reggae de manera indiscriminada, reducirlo a un ritmo, a un mero acompañamiento para cultivar entretención agradable y liviana -si acaso bien intencionada- moldeándolo como la banda de sonido ideal tanto a ser sincronizada para acompañar una revuelta social, un comercial de jeans o amenizar una fiesta privada de multimillonarios. Solo quedó el envoltorio del reggae. Los huesos. Se perdió el alma y se le arrancó el corazón. El cáncer consumió a su mayor exponente. El negocio hizo metástasis en el sentido original de su obra. Y ese sentido original se diluyó en una amplia gama de merchandising y slogans inofensivos. Y no debe sorprendernos: el entorno se convirtió en el mensaje. El ritmo en la esencia.
Probablemente hoy, al sonar algún reggae bajo su firma, con su esponjosa musicalidad inundando el ambiente y su voz atravesando el silencio, uno comprenda que la revolución rastafari sigue esfumándose paulatinamente mientras Jamaica muere miserablemente, porque el misticismo básico se confunde con autodestrucción y la lucha de una raza oprimida y su liberación se entrevera con slogans más o menos pausterizados por artistas de reggae light en cualquier parte del planeta, a cualquier hora y ante cualquier público.
De eso Marley no es responsable. Al margen de su obra, su gran acierto fue lanzar la primera piedra. Si acertó al blanco o en el trayecto, la piedra se pulverizó, ya es un hecho que escapó completamente a su control.




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