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Rosalía, Huele a Espíritu Juvenil

  • Foto del escritor: Tabare Couto
    Tabare Couto
  • 10 dic 2018
  • 4 Min. de lectura

Ojalá su talento sobreviva y crezca más allá de las modas, del paso del tiempo, de los premios más corporativos de la industria, de las luces de los medios centradas en ella, de las listas de ventas arrojadas a sus pies, de los festivales más eclécticos masivos y de los eventos más íntimos y radicales, y de las hordas hortodoxas y hispters hermanadas: aquellas, hoy, desde la trinchera de su bagaje cultural protestarán; las otras, desde su dispositivo de alta gama aplaudirán el éxito fugaz y fanfarronearán de una selfie robada en primera fila a la artista de moda. Y probablemente mañana, al caer el péndulo hacia el lado del aburrimiento, de la sobre exposición o del posible fracaso comercial, ambas tendencias renegarán de su fanatismo. Y chau Rosalía, que pase la siguiente.


AUGURIO & BODA

Rosalía tiene un tarea (casi) imposible por delante: superar con su música y su arte el fenómeno mediático creado a su alrededor, consciente o inconscientemente. Escuchando su último álbum (el segundo en su carrera) por tercera o cuarta vez, sigo descubriendo detalles preciosos y un talento musical y letrístico mestizo y profundo. Rosalía huele a espíritu juvenil, trágico y exagerado a veces, sensual y hasta kitch por momentos, uñas afiladas y corazones rotos. Y entonces, durante la quinta escucha, me cruzo al mismo tiempo con una entrevista a Irvin Welsh, el hombre de Trainspoitting en los 90, que el suplemento Radar de Página12 titula: La era del vacío global. Y todo me hace sentido: en esa era (esta era), Rosalía sobresale y protagoniza en su apuesta conceptual de su último trabajo, varios roles que van más allá de su propia música: el de la feminista joven y radical, el de la catalana que canta flamenco y que lo reviste de trap y coreografías dignas de Beyoncé, el el número caliente del momento que será carne de cañón de festivales hípsters bien sponsorizados, millones de clicks en youtube, records de streaming, en la animadora hot de tertulias culturales para pocos y sabios letrados del cante jondo.


CELOS & DISPUTA

“Yo controlo lo que pasa con mi música” declara y de repente, como otra aparición que ahora logra dejar atrás a Irvvin Welsh, se me aparece Rami Malek antes de convertirse en ese Freddie Mercury apto para todo público, lejos de los excesos, vale decir, Elliot, el desquiciado protagonista de Mr. Robot. Y aquella frase: “El control es una ilusión”. Touché, Rosalía.


LAMENTO & CLAUSURA

“El truco es saber decir que no”. Agrega la catalana. Y recuerdo ahora una entrevista a Loquillo y una frase más o menos así: “La mayor demostración de libertad es poder decir que no”. Y entonces me pregunto hasta dónde una artista que se rija por las reglas del capitalismo salvaje y la economía de mercado del mundo del pop y que aspire a impactar más allá de un nicho específico, ya seas Bob Dylan o Joan Manuel Serrat, te hayas llamado Chuck Berry o hayas escrito y cantado las canciones de un grupo que bautizaste con tus iniciales y las de las esposas, digamos, ABBA, puede escapar a la sospecha sobre su autenticidad sin llegar jamás, o casi nunca, a una opinión única y/o homogénea sobre su talento y su legitimidad cultural. ¿Quiénes son los valedores de lo verdadero frente a lo prefabricado?


LITURGIA & EXTASIS

Reviso que Rosalía nació en 1993. No tengo conexión alguna con su mundo, más allá de alguna remota nostalgia con una Barcelona de catalanes con padres escapados de la España profunda, obrera y reventada, integrada y partida en miles de pedazos que supo ser parte de mi adolescencia. Y, sin embargo, sin militar en el flamenco, ni en el hip hop, ni el feminismo y sin tener -hace rato- menos de 25 (sino más que el doble), Rosalía, más allá del corporativismo que la catapultará a ser una estrella mundial, eriza la piel y transmite una cercanía brutalmente seductora.


CONCEPCION & CORDURA

Y de repente, Rosalía me hace acordar a Kurt Cobain. Un año antes que ella naciera y tras el boom de “Smells Like Teen Spirirt”, Nirvana aparecía en aquella portada en la Rolling Stone vistiendo una camiseta que decía “Corporative Magazine Still Suck.” (La Revista Corporativa Aún Apesta) Una provocación ingenua, o un chiste triste de parte de quien se sabe engullido por el sistema pero se resiste a ello. Una forma de atacar y creer que ganas cuando ya has perdido. Rosalía me recuerda a Nirvana y su contradicción vital. Como la de los Clash al firmar con CBS y como la de tantos de nosotros al tener que alquilarnos al mejor postor y disimular o aceptar el trato. El éxito de Rosalía me traslada a aquel ascenso de Nirvana, desplazando al pop de la cima de los charts. Y es como si viera a la sarta de rockeros hortodoxos de entonces molestos con la situación. Y al cúmulo de advenedizos que el año anterior movían sus melenas con Winger cambiando su vaqueros nevados por pantalones rasgados y camisas de leñador. ¿Qué más da? Prefiero a ese Nirvana autoflagelándose y con sentido de culpa arrastrando fans cirncunstanciales hacia el rock que a otros inquilinos de cuestionable calidad en la cima de los charts. Así como hoy prefiero a Rosalía en el centro del huracán antes que a varios otros engendros pop, esos sí, de dudosa constitución y peores intenciones.


PODER

Ojalá su talento sobreviva. Ojalá cuando atraviese las diferentes encrucijadas que cualquier creador debe sortear en su vida artística, navegue esas tormentas con la sabiduría necesaria. Si no fuera así, al menos hoy nos deja un trabajo que en su eclecticismo estilístico y en el entramado de sus textos, me sabe a preciosura en medio de un promedio bastante chato y vulgar. Descubran “El Mar Querer” en su plataforma de streaming amiga, o en el formato que deseen a través de ese adorable objeto antes llamado disco. Para mí, al menos, es difícil que a estas alturas, cuando las ofertas de Navidad ya han invadido los supermercados, esta colección de once canciones que configuran a su vez once capítulos de este mal querer, pierda el rótulo de lo mejor del año.

Noviembre 2018



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