Primavera argentina
- Tabare Couto

- 10 dic 2018
- 3 Min. de lectura
Buenos Aires. 21 de Septiembre. Día de la primavera. Picnics de tetrabrick y sándwiches de mortadela crecen alrededor de Ezeiza, bajo el temblor de los aviones y las nubes quebrando un celeste opaco. Fito Páez se ha convertido, después del amor después del amor, en un director de cine que, aclamado, huele a Almodóvar en los afiches esparcidos por toda la ciudad de una película de título desconcertante: ¿De quién es el portaligas? A su lado, en los mismos muros bonaerenses, la campaña política por el sillón de La Rosada, que ya tiene molde femenino, promete que ese candidato -desconocido para mí- está “100% preparado”. Definitivamente, genial. Constitucionalmente, uno debería tener el derecho de meter preso a los políticos que se presentaran sin que estuvieran “preparados”. Como si fuéramos al cine y la película no estuviera 100% terminada o el partido de fútbol por el cual pagamos la entrada durara 75 minutos, o la canciones se cortaran en medio del estribillo. Estoy a mitad de la calle. En una esquina, en realidad. Compro las revistas de música. Todas tienen a Andrés Calamaro en sus portadas. Hace diez años lanzó Alta Suciedad, hoy La Lengua Popular. Está de regreso luego de su fin de semana perdido de cinco o seis años, salmones y regresos en gloria y majestad de por medio, drogas varias, litros de noches sin dormir y maradonianos días de éxtasis rockero. Todos estamos un poco más cansados y nos asusta que nuestros hijos sigan nuestros malos ejemplos. Calamaro también. Es un sexy barrigón y lo prefiero así antes que con el bigote bicolor o con su cerebro esparcido en un sótano de Seattle, imitando a Kurt. Veo a los Héroes del Silencio en vivo. Salvo el esfuerzo de Bunbury y sus canciones, nada me hubiera gustado más que verlos 15 años antes. O en un teatro. Pero a pesar de la multitud, la jornada es primaveralmente agradable hasta en lo musical. Me duelen las pantorrillas y ya no ingreso en las avalanchas, solo deambulo saludando conocidos en el VIP. Casi parecemos amigos. No tengo hambre y regreso al hotel. Antes hago mi última parada en un boliche para comer algo. Es la una de la madrugada y parecen las nueve de la noche. Buenos Aires está más viva que nunca. Adolescentes de medias altas y minifaldas tableadas se cruzan con parejas de cuarentones que salen del teatro. Todavía no deambulan borracheras ni síndromes de abstinencia por las veredas buscando venganza con inocentes. A esta hora todavía se respira convivencia de viernes a la noche pacíficamente. Frente a mí, un hombre solo, de camisa celeste, reloj de oro, chaqueta de pana marrón, habla por su celular. Detrás de él, en otra mesa de cármica igual a todas, una mujer juega con su móvil y sus mensajes de texto, mientras espera a alguien. El hombre está de espaldas a ella. Deja de hablar y bebe de su cerveza, entre maní y maní que lleva a su boca salada y seca. El reloj marca la una y nueve minutos en la calle Corrientes y Rodriguez Peña. Y hay dos mozos de camisas blancas, corbatas rojas y delantales negros a rayas blancas, observando a la clientela. Llega el otro acompañante de la mujer de los mensajes de texto. Es otra mujer. No tiene maquillaje y al sentarse se muerde las uñas. Se come sus propios dedos y su mirada, buscando a algún kamikaze enamorado en la calle, se refleja en el ventanal. Su acompañante piensa en sus mensajes de texto pero no se lo comenta. Trae el pelo largo, negro, natural, suelto. La otra usa el pelo recogido, corto, aprisionado por unos broches verdes. Ambas van de negro. Sonríen. Se miran a los ojos. Esperan algo. El hombre de la chaqueta marrón tiene hipo. Llama al mozo. Paga dieciocho pesos con cincuenta centavos. Afuera un grupo de amigos acaban de llegar. Piden dos cervezas y dos pizzas familiares que llegarán condecoradas con aceitunas verdes en cada porción. Piden cuchillos y tenedores. No comen las pizzas con las manos. Ellas siguen conversando cada vez más animadas. El se retira sin dejar propina. Y los mozos de delantales negros a rayas blancas observan desganados delante de un par de carteles pegados en la mañana con cinta adhesiva que dicen: bienvenida primavera.
Publicado originalmente en Octubre 2007




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