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UNA TARDE DE DOMINGO CON NICANOR

  • Foto del escritor: Tabare Couto
    Tabare Couto
  • 10 dic 2018
  • 7 Min. de lectura

Eran más de las cinco de la tarde de un jueves que moría nublado. En ese entonces todavía trabajaba para una compañía discográfica y ultimaba los detalles del armado de una antología musical que recogería, ordenada y restaurada digitalmente, la obra fundamental de Violeta Parra.

La lista de canciones estaba decidida. La carátula también. Las "líneas interiores" que acompañaban el arte del disco reservaban un espacio para alguien muy especial: Nicanor Parra. Una de sus sobrinas me había pasado el teléfono de su casa advirtiéndome que ya había hablado con él y que conocía nuestro trabajo y nuestras buenas intenciones. Eso no garantizaba su respuesta afirmativa.

Nicanor Parra es amable. Lo llamo por teléfono y yo sé que él sabe todo lo que voy a preguntarle. Él sabe que yo sé que la base de nuestra negociación es que no hay demasiado margen para una negociación. Le leo la carta de autorización que pretendo que firme. Me dice que le parece bien. Le pregunto por su número de fax para enviársela. Me dice que no tiene. Y que utilice "su internet mapuche", vale decir, que vaya personalmente a su casa con la carta en la mano. Que sea el próximo domingo a las tres de la tarde. Conversaremos, tomaremos un té y me firmará la carta, dice. Cuelgo el teléfono.

Las Cruces parecía una localidad casi desierta. Junto a dos compañeros de trabajo, y luego de algunas consultas y verificaciones sobre las especificaciones de cómo llegar al lugar, dimos con la casa de Parra.

Con la puerta entreabierta y apenas asomando su cabeza, Dorita, su empleada doméstica, nos dice que su patrón dormía la siesta y que volviéramos, por lo menos, dos horas más tarde.


Después volvemos a golpear su puerta. Dorita nos invita a pasar. Recorremos en línea recta algunos metros más. Hay artefactos del poeta en varios sectores y ambientes semi iluminados en otras tantas habitaciones. Una sombra espigada se convierte en carne humana avanzando hacia nosotros por la derecha. Nicanor Parra luce más alto de lo que imaginaba. Viste abrigo de lana y gorro chilote al tono. Nos mira entre desafiante y curioso. "Así que de la compañía discográfica, ¿eh?", pregunta sin esperar respuesta. Nos señala el living y nos invita a sentarnos a conversar.


Entonces, el antipoeta se pone de pie. Nicanor Parra recita a Bob Dylan:


"Oh God said to Abraham, ´Kill me a son’ Abe says, ‘Man, you must be puttin’ me on God say, ‘No’’. Abe say, ‘What?’ God say, ‘You can do what you want, Abe, but The next time you see me comin’ you better run’'"

(Highway 61 Revisited)


Grita su primer ¡Dios Santo! de la tarde. Se calma. Profundiza nuestro silencio producto del asombro. Y comienza a hablar de su relación con Allen Ginsberg. Se detiene y otra vez: "¡Dios Santo! ¡Bob Dylan! ¡Bob Dylan!", casi grita y se toma la cabeza entre sus manos, por donde escapan a través de su gorro chilote de amplias orejeras unas profundas raíces negras a los costados de su abundante cabellera blanca.


Se calma. Mira a su alrededor y murmura algo indescifrable. Golpea los dientes inferiores con sus dedos. Algo de mis comentarios le parece tonto. Saca la lengua. No hay orden aparente en la charla y volvemos al motivo de la visita: convencerlo de que nos permita reproducir en la antología su "Defensa de Violeta".

Toma entre sus manos la copia del disco homenaje a Neruda que produje años antes y vuelve a destrozarme la decisión final de que el álbum se llamara "Marinero en Tierra", que le recuerda más a Alberti que a Neruda, pero parece aceptar a regañadientes mis inútiles explicaciones y la jerárquica aprobación otorgada por la Fundación Neruda.

Comenzamos a conversar sobre el eterno habitante de Isla Negra y Nicanor coquetea en su memoria con algunos versos de "Farewell". De improviso se pone de pie, camina hacia el ventanal y el sol abrasa su frente; mira hacia afuera y señala: "Vivo entre los dos. Huidobro y Pablito. Desde el balcón, cuando hay sol, veo la tumba de Huidobro".

"Las Residencias de Neruda -¡Dios mío!- son LITERATURA PURA, pero los otros libros son VIDA". Toma aire, nos observa sin esperar réplica y cierra los ojos levemente.

"Otra poesía de Neruda era muy cursi, aunque no sé si esa es la palabra apropiada, porque Neruda logró vender y hacer literatura". Sin mediar nexo aparente, dispara hacia el Río de la Plata: "Eso es lo que le faltó resolver a Benedetti y además es sospechoso su marxismo". Y sin que nadie le haya preguntado nada, sigue: "Lógicamente no conocí ni a Felisberto ni a Quiroga", se ríe. "Pero sé cuál fue el más grande argentino: Martín Fierro". Se detiene. Vuelve a exclamar Dios Santo... "Eso sí, yo conquisté a un borracho inconquistable: Onetti. Le leí los antipoemas y la Defensa de Violeta. Y me dijo así: ‘Todo lo demás: basura, pero la Defensa: muy bien". Se pone serio. Recita:


"Tu dolor es un círculo infinito Que no comienza ni termina nunca Pero tú te sobrepones a todo Violeta admirable".


"Yo la escribí en vida de Violeta", agrega. "La escribí después de verla un día, y ella parecía un fantasma y me impresionó que sus orejas estaban transparentes. Y ella lloraba porque no sabía que su hermano la quería tanto". Nicanor nos ofrece su mirada más triste.

"Dónde voy a encontrar otra Violeta Aunque recorra campos y ciudades O me quede sentado en el jardín

Como un inválido"


Nicanor vuelve a sonreír. Se acomoda su abrigo y retoma su asiento frente a mí y la propuesta para que su poema condecore nuestro trabajo discográfico. "Yo soy business", se ríe. Y, además soy un socialista desencantado. En aquellos años viajábamos mucho, veíamos que estaba todo mal en los países del este europeo y nos callábamos la boca”.


Silencio. Pienso si la confesión es real o parte de su juego. La sonrisa bordea su expresión. "Y la Violeta se desilusionó también", remata y su mirada se tiñe nuevamente de tristeza.

"Yo era el mateo de la casa. El que estudiaba, el que sabía. Pero yo le leía algo y Violeta aprendía y absorbía todo". Me mira como para no decir y sí querer decir algo. "Que sí pero que no puedo decir", afirma. "Hay una carta que dejó Violeta y que yo tengo. Pero no sé si es el momento de darla a conocer... ¡Aunque han pasado 32 años de su muerte!", reflexiona.

Después nos invita a quedarnos un rato más. Su ánimo ya cambió y nos ofrece vino en unos vasitos chiquitos de vidrio bien grueso. Sirve él mismo. "Vino suave y tonto", dice. "Buen vino chileno". "¿No entienden cómo el vino chileno es bueno?". pregunta. "El otro día lo descubrí... ¡Porque lo hacen los franceses!". Se ríe a carcajadas, brindamos, hablamos de poemas sobre el vino y poetas embriagados. Nicanor despliega un sentido del humor sin descanso.

Trato de regresar a su sorpresiva declaración política de hace un rato con la intención de provocarlo. No tiene piedad de mi insolencia. "Antes el país era un caos", dispara y se ríe. "En la UP nadie trabajaba. El jardín estaba seco y no había ni papel higiénico. Pinochet inventó Chile".Algo completaría, poco tiempo después, en la revista Zona Urbana en conversación con Patricio Heim, sobre su relación con la política: "Como yo hablaba en serio y en broma, nunca tomé muy en serio la revolución. Eso no podía ser. Había que comprometerse ciento por ciento, de lo contrario uno se hacía acreedor a cinco balazos en la nuca (...) Yo encontré ese método para sobrevivir. Si yo no hubiera tenido ese método me habrían hecho desaparecer".


¿Y su apoyo a Lagos?, le pregunto. "Acompañar a Lagos era parte de mi ciclo de vida. Volver a los orígenes. ¿Cómo decían? ¿El precio era alto? ¿El hombre nuevo va a arreglarlo todo? Yo dije que la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas. NO es acción. Es POESÍA. Es literatura. Y se enojaron". Hace una pausa y continúa: "Y me mandaron cajas de whisky para convencerme de que aceptara un cargo en el gobierno de Pinochet. Muchos se doblaron y cayeron. Yo no. Pero los demás no entendieron que lo mío no era la acción. NO. Yo tengo miedo. Fueron miles los muertos y desaparecidos. Yo tuve miedo". Y agrega que todo es parte de un círculo: marxistas-socialistas desencantados y ahora ecologistas. "Se cierra el circulo vital".

Finalmente Nicanor ha aceptado que publiquemos su Defensa en las líneas interiores de la Antología sobre Violeta. Pero no firma la carta de autorización. Acepta la invitación a la conferencia de prensa de lanzamiento del álbum, pero dice que no sabe si estará presente. Dice que ya no le dejan manejar hasta Santiago su Volkswagen. Comenta que espera ganar el Nobel para comprarse la casa vecina y trasladar hasta allí sus libros que tiene en Santiago, en su casa de La Reina. Inevitablemente vuelve a la literatura y a mis raíces rioplatenses. Se ubica ahora en el tiempo, en medio de una "anécdota que uno no quiere reproducir", frente a las aguas achocolatadas del Río de la Plata. Sus artefactos parecen sonreírle cómplices. Se ha quitado definitivamente su gorro chilote. "Pobre Borges y sus mujeres", murmura. Y va en búsqueda de otra botella de vino. Al regresar camina de un lado a otro. Grita "Dios Santo" por enésima vez y sin consulta previa arremete con su "admiración brutal" por Shakespeare. Ante mi confesión de conocimientos básicos sobre Hamlet, Nicanor ha estado los últimos quince minutos hablando sin rumbo aparente sobre Shakespeare y Hamlet. Nos halaga con su artefacto "Cristo es un robot / Hamlet es Humano", recita el comienzo de la obra de pie, fustiga las traducciones literales, dice que hay que hacer una traducción abierta y propone un taller para aprender a leer a Shakespeare. Nos apabulla. Lamenta que debamos regresar a Santiago. Todos sabemos que muy probablemente nunca más volvamos a verlo de esta manera y con este grado de espontánea intimidad.


Él promete apoyar el lanzamiento de la obra de su hermana y cumple. Un mes más tarde espera en un salón aparte de la Fundación Violeta Parra el comienzo de la conferencia de prensa. Cuando llegamos nos avisa parte de la familia que sorpresivamente "el tío Nicanor" estará presente. Eso sí: se ubicará al fondo del salón y no hablará con la prensa. Paso a saludarlo. Se ve enorme y saludable, su pelo blanco más ordenado, una boina elegante cubre parte de su frente ancha. Nuevamente es muy amable al reconocerme pero permanece sentado recibiendo los elogios y acaparando la atención de todos. Su vozarrón suena fuerte entre risas y entusiasmo. Está feliz. Tiene el disco de Violeta en sus manos. No deja de hablar.


La conferencia empieza. El rescate discográfico de la obra de Violeta es la noticia. Nicanor observa, casi escondido y en silencio. Al finalizar el lanzamiento, recuerdo a unos productores de televisión persiguiéndolo en busca de su opinión. En la noche, el programa Plaza Italia da cuenta del evento y anuncia un brevísimo encuentro con el poeta. Advierten que no es gran cosa, pero al tratarse de un personaje tan esquivo, lo que a continuación pondrán al aire es todo un logro periodístico. Y allí aparece Nicanor que, tapándose la boca con sus manos y gesticulando negativamente a cámara, murmura: “Lo siento, no puedo hablar. Estoy afónico". En medio de la confusión, alguien pregunta: "¿Están seguros que es Nicanor Parra?". Nicanor se detiene, los mira fijo, balbucea enronqueciendo su garganta y responde:


"A veces".

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