La pelota es mía, LA VENGANZA DE LAS PULGAS
- Tabare Couto

- 10 dic 2018
- 9 Min. de lectura
Por qué el mejor jugador de fútbol del mundo le dicen La Pulga? ¿Solamente por lo pequeñito, rápido, ágil o también por los esforzado, talentoso, genial? ¿Dónde radica la justicia o desgracia de los apodos en el fútbol? ¿Por qué los animales se llevan los elogios y las más descarnadas críticas al ser evocados en nombre de las virtudes y defectos humanos también en el balompié? ¿Quién maneja el ADN de los sobrenombres en el mundo del fútbol? ¿Algún ser superior solicita alguna improbable autorización moral a los aludidos e indefensos animales? Probablemente nadie tenga una respuesta certera y todo se remita al ingenio popular o la creatividad sublime de cientos de periodistas, locutores radiales, comentaristas televisivos o amigos del barrio de las futuras estrellas futbolísticas que cargarán con esos motes por el resto de sus vidas, sean campeones del mundo o colistas en el fútbol amateur. Por cierto, a fuerza de ser sinceros, los animales no tienen la exclusividad, y el tema de los sobrenombres en el fútbol no es un tema excluyente de otros seres vivos o inanimados. Hagamos una breve reseña incompleta.
Comencemos con los Amos del Balón: Pelé en sí mismo ya era el sobrenombre de Edson Arantes do Nascimento (en esto de los apodos hay que reconocer que los brasileros son pioneros y muy originales, deslumbra que alguien se apode hoy en día Kaká y sea una estrella y no el hazmerreír de la clase, centro obligado de bullying). Llegamos, entonces, al extremo donde un apodo tuvo, además, un sobrenombre, porque Pelé siempre será, por supuesto, El Rey. Ante tal bautismo, Maradona y la Argentina toda no podían quedarse atrás y el de Villa Fiorito suma unos cuantos: El 10, El Pelusa, El Diego o el radial Barrilete Cósmico.
En la lista de los elogios, Marcelos Salas fue y será recordado siempre como El Matador, probablemente más por la canción de los Fabulosos Cadillacs que por el arte torero o por la añoranza de otro killer, Mario Alberto Kempes, El Matador de mediados de los 70 de larga cabellera, hoy nasal comentarista de ESPN. Pandiani, ex Peñarol y hoy en el fútbol español, carga el apodo de Rifle por su disparo seco y efectivo, mientras algún que otro lleva el apellido de Látigo o a uno de los mellizos Barros Schelotto un comentarista televisivo lo bautizó como Chapita haciendo clara referencia no a que fuera chatito y frío, sino a su estado mental algo desquiciado, vale decir: Loco. Como Marcelo Bielsa y tantos otros (Palermo, La Volpe, Abreu…). El rosarino, por cierto, es el Loco más emblemático y mediático, un técnico tan cotizado como respetado profesional, pero que no se quitará de encima su apodo nunca más en su vida ni siquiera después de su muerte. Es el Loco Bielsa y punto.
Lo de Sergio Daniel Martínez, ex ariete celeste y de Boca Juniors entre tantos otros clubes, era un apodo terrible: Manteca. Nunca supe por qué. Pero no debe haber sido fácil sobrevivir en el barrio si ya lo llamaban así. A Raúl, el eterno número siete del Madrid, algún comentarista lo condecoró con el épico Angel de Madrid y a Enzo Francescoli, para no entrar en polémicas con Brasil ni Argentina por el tema del Reinado, pasó a ser El Príncipe. Rubén Sosa, menor que Enzo y compatriota, cargó a cuestas con la segunda plaza de sangre azul durante años: fue El Principito. Casi infantil parece ser que llamen Jardinero a Julio Cruz, Cachavacha a Diego Forlán, Bam Bam a Iván Zamorano, Zizou a Zidane, el Cholo a Diego Simeone, Pippo a Filipp Inzaghi, Muñeco a Marcelo Gallardo, Cuchu a Cambiasso o Titi a Henry.
Las artes en general, los medios de transporte en particular y otros sustantivos varios, recaen sobre aquellos jugadores comparados con Camiones, Tractores, Formulas Uno, debido a su rendimiento y esfuerzo. También existen quienes soportan la clasificación de Director de Orquesta o estos ejemplos: el fenómeno Ronaldo, El Niño Maravilla Michael Owen, Spiderman Walter Zenga y hasta un Harry Potter vinculado a Zidane, por aquello de la magia en los tiempos modernos. Del Piero es Pinturicchio, Alberto Spencer fue La Joya, Eusebio La Perla, Humberto Suazo carga el mote de Chupete o Juan SebastiánVerón el de Brujita, heredado de su padre, La Bruja…nunca supe por qué el género femenino. Deberían ser aceptados como elogios pero La Bestia para Julio Baptista o Payasito para Carlos Aimar, no creo que sean apodos a ser compartidos felizmente con sus nietos como un orgullo más en su carrera. Al igual que las herencia maldita de Hernán Crespo y ese cargoso Valdanito. En el extremo opuesto, está la gloria máxima de apodarse Divino, como le ocurriera a la leyenda española Ricardo Zamora.
Las virtudes o defectos físicos y sus vinculaciones sentimentales o personalidades, son excelentes caldos de cultivo para la inspiración de los más variados sobrenombres: El Negro Jefe Obdulio Varela; El Manco Héctor Castro (literalmente había perdido su antebrazo derecho y fue Campéon del Mundo con Uruguay en 1930); la Saeta Rubia Alfredo Di Stéfano; El Pelado para Nelson Acosta o Iván de la Peña (Barcelona y Espanyol) que también carga con el mote de Pequeño Buda; El Guatón Vega en Chile; El Flaco para Menotti y Cruyff; El Chino Alvaro Recoba; El Niño Fernando Torres; Spice Boy para David Beckham; El Kaiser para Franz Beckenbauer o Daniel Pasarella o el Baixinho para referirse a Romario…
Y así podríamos estar horas y miles de kilómetros de apodos y sobrenombres que cada uno de ustedes pueden sumar a esta lista interminable, porque incluso el deporte en general y el fútbol en particular son aliados naturales de denominaciones generalistas reiteradas: Gladiadores, Guerreros, Soldados… Todas con una tonalidad bélica destacada y fundamental. A nadie se le ocurriría catalogar a su equipo de Pacifistas o Románticos. Incluso sería un terrible defecto. Como mucho, precisamente para criticar a nuestros jugadores o nuestros rivales, se suele recurrir a describirlos como Kamikazes, Suicidas y, por supuesto, Teatreros y Actores.
También en este tipo de calificaciones generales sobresalen en la última década dos: Los Galácticos del Real Madrid (con Beckham, Zidane y Ronaldo a la cabeza) y el fugaz Los Cuatro Fantásticos del Barca (Ronaldinho, Henry, Etoo y Messi). Eso sí, en la historia abundan los ejemplos: varios Tripletes o Tridentes de Oro; la dupla Za-Sa; el Ballet Azul; La Naranja Mecánica y tantos otros… Sin entrar en los apodos “oficiales” de los equipos. Por solo nombrar algunos: Bosteros o Xeneises (Boca), Leprosos (Newels Old Boys), Canallas (Rosario Central), Merengues (Real Madrid), Culés (FC Barcelona), Periquitos (Espanyol), El Cacique (Colo Colo), Manyas o Carboneros (Peñarol), Bolsilludos (Nacional), Los Che (Valencia), Cuervos (San Lorenzo), Lobo (Gimnasia y Esgrima de la Plata), Millonarios (River Plate), Pincha Ratas (Estudiantes de la Plata), Aguilas (América), Pumas (UNAM), Chivas (Guadalajara), Los Ruleteros (Everton de Chile)… Pero mis preferidos son estos dos: La Longaniza Mecánica para Ñublense de Chile y El Taladro para Banfield de Argentina. Insuperables.
Pero el motivo inicial de esta columna eran los sobrenombres de animales y allí quiero llegar para reivindicar al último y más popular de ellos y averiguar cuál es su virtud para hoy ser asociado con unos de los mejores jugadores del mundo. Para comenzar, tenemos a Edmundo, el brasilero se lleva el primer puesto por la simpleza y rudeza de su juego: el fue El Animal, a secas. Sigamos con los perros que rara vez se asocian a alguna virtud futbolística, sino todo lo contrario. Salvo el meta paraguayo José Luis Chilavert que estampó en su camiseta a un Bulldog, como muestra de fiereza, no recuerdo demasiados elogios vinculados a los caninos. Como excepciones: el holandés Edgard Davids y el chileno Gary Medel llevan a cuestas el mote de Pitbull. De todas formas, en Chile, por ejemplo, un equipo “aperrado” significa una escuadra peleadora, batalladora, aguerrida y no deja de ser una reivindicación indirecta y un guiño positivo hacia el mejor amigo del hombre. Mario Zagallo, mientras tanto, reinvindicó a unos parientes cercanos de los perros cargando el apodo de El Lobo. Los Caballos tampoco salen bien parados y como sucede con el mundo vegetal con los zapallos y los troncos, todos suelen correr una desgraciada fortuna equiparados con deportistas torpes, brutos, pataduras. Salvo en el caso de los equinos, claro está, cuando hablamos de un Pura Sangre, un Henry en su mejor momento, por ejemplo o los casos del Burrito Ortega -curioso ejemplo de un sufrido animal para resumir el talento de un delantero- o el apodo del chileno Rodrigo Ruiz: “Pony”, que siempre me llamó poderosamente la atención. Los gatos, por otro lado, no me surgen rápidamente a la memoria futbolística, con la excepción del argentino La Gata Fernández (¿por qué no el gato?) y algún que otro perdido por ahí. Creo que hay algún jugador inglés que le dicen Jirafa, pero desconozco y dudo que alguien pueda ser apodado por alguna virtud futbolística con el nombre de Cocodrilo, Caracol, Lombriz…entre otros animales. El francés Youri Djorkaeff era apodado La Víbora. Al menos, aceptémoslo, una elección extraña.
Entre los insectos nunca tendría como mascota a una Araña, menos aún negra, pero si mi arquero lleva ese sobrenombre, como el mítico portero ruso Lev Yashin, debe ser porque sus dos brazos funcionan como ocho patas y todas las pelotas caen en su red antes que en la red que el guardameta tiene a su espalda. Es una perfecta muestra de animal desagradable asociado a una virtud futbolística notable. Como las asociaciones con Los Monos (Navarro Montoya, Burgos, Oliver Khan y algún otro). Todos arqueros correctos, eso sí, pero algo irregulares. Casi perfectos. ¿Casi hombres? Como los monos. No visualizo, por lo menos no con un nivel de fama considerable, apodos de futbolistas con referencias a anfibios o acuáticas, salvo el caso de La Cobra Adrian Illie y alguna que otro calificación despectiva como Ballena, Tonina o Pejerrey. Y por supuesto, hay bichitos sorpresivos invadiendo el césped: como El Piojo Claudio López o los Conejos Oscar Pérez y Javier Saviola, este último recientemente adquirido por el Benfica de Portugal y obligado a posar en una foto con un cóndor…
Pero, definitivamente, los felinos se llevan los elogios, no solo por los Pumas (como Anelka), sino porque cuando los equipos tienen ese talante triunfador, con o sin estilo, pero con carácter y prestancia, nadie duda en requerir de los servicios de imagen asociativa del Rey León y su manada. Los del Atletic de Bilbao se autoproclaman Leones, pero el calificativo sobrepasa al País Vasco cuando tu equipo logra imponerse por sobre los demás. Son tus Leones, los reyes, los mejores.
¿Y qué ocurre con el incordioso animal que motivó estas líneas, la pulga? Ese ineludible apodo que carga a sus espaldas Lionel Messi, bah, La Pulga Messi. Animal pequeñito, ágil, molesto. ¿Debe ser considerado como una virtud ser tratado como una Pulga? Si yo fuera un ejecutivo bajito, veloz, activo y me llamaran La Pulga, ¿sería considerado un elogio en mi empresa o en el mundo de los negocios? ¿El Arquitecto La Pulga o El Presidente la Pulga serían bien vistos? Lo dudo, pero al menos desde la irrupción del delantero argentino, en el mundo del fútbol sin dudas que el apodo es sinónimo de un valor agregado a ese ser humano que conduce el balón casi pegado a su pie izquierdo con envidiable talento. Y esta es la mejor reivindicación de ese pequeño insecto sin alas, cuerpo diminuto, milimétrico parásito desagradable, cuya única razón para existir científicamente comprobada consiste puramente en chuparse la sangre de los demás. Sin dos opiniones al respecto, la existencia de la pulga sobre el Planeta Tierra no brinda ningún beneficio destacable e imprescindible al ecosistema (de hecho suelen provocar ronchas, alergias y transmitir enfermedades), salvo en pos de su propia supervivencia. Es más, cualquier enciclopedia básica sólo destaca que pueden saltar hasta 350 veces la extensión de su propio tamaño (Messi saltó la longitud de su tamaño en el gol de la final frente al Manchester y el Barca se llevó la Champions…) y ningún otro aspecto positivo a recoger ni en su anatomía, ni es su vida de animalucho despreciado por todo el Reino Animal en masa. Incluso el refranero popular, siempre sabio, es particularmente cruel con las pulgas y las castiga sin piedad, aunque con ciertas incógnitas y contradicciones: cuando estás de mal humor se dice que tienes “malas pulgas” y cuando no tienes paciencia eres “una persona de pocas pulgas”. Una simple regla de opuestos nos llevarían a concluir, entonces, que un ser humano simpático debería cargar con “miles de pulgas” que lo hagan ver de esa forma y un tipo con toda la paciencia del mundo, con mucho aguante y tolerante, también tendría que ser un pulgoso fulgurante, y la sociedad lo aceptaría y celebraría como un ejemplo capital con todos y tantos parásitos a cuestas. Es difícil de creer. Otros refranes maliciosos: “Pulga flaca, hace mayor picada” o “La pulga tras la oreja, con el diablo se aconseja”. Definitivamente, los pobres parásitos milimétricos, inútiles y sanguinarios, están condenados al escarnio público incluso en la contradicción intrínseca que el saber popular conlleva. Servida la mesa de esta forma, a estos bicharracos casi invisibles, sólo les resta como consuelo -como a mí al verlo en un cancha de fútbol-: Lionel “La Pulga” Messi, su mesías. El apodo para el mejor del mundo cayó en su diminuto cuerpo de insecto. Las Pulgas, siempre despreciadas, ya tienen un motivo mayor y trascendental para darle sentido a su minúscula existencia en este Planeta.
Original de Abril 2011.




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