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Postales de Coney Island

  • Foto del escritor: Tabare Couto
    Tabare Couto
  • 21 jun 2019
  • 3 Min. de lectura


Hay algo democráticamente decadente en Coney Island. De belleza cutre y gastada. De paisaje entrañable. De entorno tan agradable como por momentos caricaturesco y grotesco. De belleza inocente perdida y de viaje a un tiempo que ya murió, pero que sigue ahí, erguido en esos carteles que se destiñen, en esas lamparitas que se queman y se vuelven a encender, en esos juegos y estructuras de metal que luchan contra el óxido, en medio de un mundo tan freak y tan ordinario, tan excepcional y tan corriente. Entre las amigas que van a robar los primeros haces de sol pre verano. A sentir la arena. A imaginar besos anónimos, sin después, entre algodón y manzanas azucaradas. De promesas de enamorados que nunca cumplirán. Que jamás devolverán el llamado. De amigos que llegan a disfrutar del sabor contundente y del olor penetrante de los hot dogs de Nathan’s o de familias que van a quemar la mayor cantidad posible de horas de un domingo en patota y tras una caminata por el boulevard Riegelman, se dejan vencer por una pizza generosa y compartida de Grimaldi´s.


En Coney Island el presente es ayer y la nostalgia es propia y prestada, carne de gift shop y de consumo instantáneo. Pero hay fantasmas de hackers modernos tras las huellas de Mr. Robot o esquinas con dealers de poca monta, anuncios de desfiles de sirenas que son hombres y -al menos en mi cabeza- ecos de Lou Reed y de la foto de Lester Bangs en blanco y negro, allá por 1978 en medio de la Mutant Monster Beach Party.


Coney Island es una salida divertida y económica para ese neoyorquino clase media, para ese turista curioso y con tiempo de alejarse de Manhattan. Una postal chillona y desordenada de un Brooklyn que poco tiene que ver con el que nos mostró Woody Allen o del que disfrutan los amantes de Bedford Avenue en Williamsburg cuando colman el edificio de Apple Store o disfrutan una cerveza a las 3 de la tarde escuchando el sonido de New Orleans en las costas neoyorquinas más hipsters y pudientes, para terminar comprando tu vinilo indie en Rough Trade.


Debe soplar el viento seco y muy frío durante los inviernos en Coney Island, en la costa y a unas tres o cuatro cuadras interiores, cuando la pobreza aprieta entre los talleres de autos llenos de mecánicos latinos y lejos de las postales kitsch. Ahora parece que estamos a miles de kilómetros de distancia, en otra ciudad, en otro mundo, alejados del grito del hombre que escupe fuego o de la mujer barbuda que saluda desde el Freak Show del Museo y los cuatro pinballs que dicen ser una reliquia única de cuatro piezas exclusivas en todo el universo y más allá.


El símbolo más conocido de Coney Island pertenece a un parque de diversiones que ya no existe: el Steeplechase Park y su Salto del Paracaídas (Parachute Jump) clausurado en 1964. Sin embargo, en el entorno de las atracciones de Luna Park sobrevive y destaca El Cyclone que sigue arrastrando gente hacia el vértigo y los vómitos, el Thunderbolt que te catapulta en altura y velocidad de forma delirante, la Rueda Gigante que se transforma en Rueda de la Fortuna, te eleva y te sacude sutilmente y sin piedad y los flippers para pinheads -mentecatos sin grandes expectativas, personas tan comunes como nosotros y tan sin futuro como cualquiera- humanos obsesionados en gastar sus tres bolas una y otra vez en flashes de gloria y diversión. Mientras, los caballitos de la calesita, el tío vivo o el carrusel -como quieran llamarlo- me miran con esos ojos espantados y diabólicos, como surgidos de una novela de Stephen King, típico de esos animales atrapados para siempre en esa posición, condenados a esa función ridícula de soportar niños aburridos y con síndrome de abstinencia de sus celulares. Unas miradas animales petrificadas y unos gritos silenciosos esculpidos para la eternidad. Girando y girando sin cesar, sin destino final.


Así es Coney Island y sus parques y su entorno y su playa y su realidad y su caricatura for export. Un lugar tierno y delicioso, luminoso y melancólico.


Un sitio donde siempre hay que volver aunque nunca hayas ido.






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