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La pesadilla de un hincha: el verdadero significado de una goleada en contra.

  • Foto del escritor: Tabare Couto
    Tabare Couto
  • 7 may 2019
  • 5 Min. de lectura

Para Nicolás, el mejor hincha culé.


¿Los hinchas ruidosos y radicales nacen con los triunfos? Es verdad. Pero los hinchas acérrimos e inmortales se esculpen en las derrotas. Nada más dulce para un hincha que recordar las goleadas memorables de los equipos de sus amores, en mi caso: Uruguay, Peñarol o el Barcelona.


Aquel 5 a 1 de la celeste juvenil de Francescoli a Argentina o el 3 a 0 en la final de la Copa América 2011. Nadie me los puede quitar de mis mejores insomnios. Pero imborrable de verdad, absolutamente indeleble, es la pesadilla de recordar a los daneses en México 86 celebrando seis veces en nuestras celestes narices.


Ni el borrador de memoria de los Men in Black, pueden quitar de mi mente al Peñarol del ‘82 metiéndole 4 a River Plate en Buenos Aire en aquella Libertadores que nos coronaría. Y aunque no fue estrictamente una goleada como tal (recibimos 2) el paseo fue tan majestuoso que ingresa en la galería de los gloriosos momentos mirasoles. Sin embargo, veinte años después, un día frente a la tv vi a unos ecuatorianos de Liga propinarnos una manita en el Centenario que hizo pedir disculpas de pie -por haber nacido manyas- a toda la tribuna Amsterdam enronquecida de vergüenza.


¿Y con el Barca, el equipo que hoy pareció tocar fondo físico, emocional y estratégico en Liverpool? 2-6 al Madrid en su casa de la mano de Pep. Y 5-0 al mismo Madrid con Pep y Mou frente a frente. El 6-1 contra el PSG. El 4-0 contra el Santos… Pero no crean aquellos que se han enceguecido con estos y otros triunfos de los últimos 10 años que la historia culé siempre ha sido de abrazos felices porque -ya lo saben- como cualquier equipo no está exenta de muchos más abrazos …pero para consolar la derrota.


Y, por cierto, históricamente no nos ha ido mucho mejor en esta cruel mezcla de goleadas cruzadas. Las anotaciones a favor no solo son fáciles de recordar sino que incluso uno las mezcla y confunde en la memoria. Pero los pepinos en contra son angustia viva en forma de pelota camino al fondo de la red propia que nunca se olvida. Por ejemplo, no hace muchos años, el humilde Getafe hundió a la escuadra de Frank Rijkaard (sin Messi pero con Ronaldinho, Iniesta, Pujol, Etoo, Saviola) por 4-0 y lo eliminó de una llave de la Copa del Rey, a priori, envidiablemente sencilla. Más atrás en el tiempo ya quisiera borrar de mi mente el 5-0 del Madrid de enero de 1995, es verdad, un año después de ganarles por el mismo marcador. Quisiera anularlo de mi cerebro pelotero, pero aún recuerdo que era el mismo Dream Team de Cruyff y aún me duele. Para colmo de catástrofe, era prácticamente el mismo plantel (Guardiola, Stoichkov, Zubizarreta, Txiqui, Koeman, Romario) que había caído meses antes, en Mayo de 1994, en la final de la Champions contra el Milan. Ese recuerdo sí que es fatal. Una digna tragedia griega en medio de Atenas. A los 58 minutos ya rogábamos que terminara el partido.


Aquella final de Atenas del ’94 es una alucinación dantesca en clave goleada que me persigue y no logro suprimir de mi cabeza. Todavía me veo ahí: hundido, perdido y abatido en una sala satelital del Canal 10 de Uruguay (no “existían” ni el cable ni la conexión a Internet) sufriendo cada gol en contra. A nadie le importaba un rábano la final. No me acuerdo ni como pude volver a casa. Solo recuerdo mi tristeza y furia total. Ese sentimiento mezclado que al igual que hoy, es una suerte de cóctel ponzoñoso compuesto de la dósis justa de rabia, tristeza y … obsecuente fé en que uno, a pesar de los pesares, no pudo, no puede, ni podrá abandonar jamás al equipo de sus amores en los malos momentos.


4 -0, 4-0, 4-0…. Grabaré ese resultado endiablado y maldito para siempre en mis peores pesadillas como culé: como el fin de ciclo contra el Bayern en Munich, de aquel equipo que Tito tuvo que dirigir a distancia mientras luchaba contra ese maldito cáncer que finalmente le vencería. Allí estaban mordiendo la derrota Xavi, Iniesta, Alexis, Busquest, Pedro, Piqué y Messi. Y también estuvieron: otra vez Iniesta, Xavi, Messi, Piqué, más Suárez, Neymar, Ter Stegen y Jordi Alba, un 14 de Febrero en pleno París, en una noche que viví con mi hijo en vivo y rodeado de franceses del PSG…


Pensé que después de tantos 4-0 podría tolerar mejorar otra derrota. Pero que esa derrota no llegaría ahora. Que este año sí, zafaríamos de la mala racha. Que hasta ahora eran puras señales de buenas proyecciones en mi vida toda. Pero me equivoqué. Entonces, ¿ahora qué debo imaginar? ¿Es esto un pésimo indicio de un posible cambio nefasto en mi futuro cercano ligado a la pésima gestión de mi equipo? Mi familia me mira: piensan que estoy en pleno delirio post partido perdido... Me invitan a que saque a pasear a nuestro perro Lucho para que olvide por un rato que hoy los ingleses, ayer los franceses, o los alemanes, o los italianos, nos recordaron a los culés que ese maravilloso libro de relatos que salió al mercado hace unos años en pleno boom del Pep Team, tenía un título que sospechábamos tan seductor como peligrosamente premonitorio: “Cuando Nunca Perdíamos”.


Mi lado agorero me traiciona de vez en cuando, lo sé: ya se lo dije a mi mujer cuando me preguntó porque estaba tan pensativo y no eufórico al ganar la sexta copa en la temporada 2009-2010: “Ahora solo queda empeorar”. Hoy volvimos a perder 4-0, cuando perdiendo 2-0 o 4-1 pasábamos a la final… Con notable talento y un carácter envidiable (más una desidia y apatía sorprendente de parte blaugrana), los muchachos de Klopp hoy nos devolvieron a nuestras raíces mortales y afligidas de hinchas culés. A lo peor del ADN azulgrana. Y a mis más dañinos fantasmas futboleros. De alguna manera, sin proponérselo, también me hicieron más hincha que nunca.


En lo estrictamente futbolístico, los analistas verán si es el fin de un ciclo como tal o el comienzo de un ajuste de sistema en pos del recambio normal de un equipo ganador que se ha hecho viejo. Al fin y al cabo, esos son análisis bonitos pero tan acogidos a las circunstancias que en un tiempo más pasarán al olvido.


Las victorias llenan estadios y venden camisetas. Y te hinchan de alegría, nadie lo duda.


Pero nada alimenta y fortalece más el amor incondicional de un hincha con su club que sufrir una goleada, odiar por un ratito esos colores -hasta renegar de ellos, incluso- para luego darte cuenta que nunca podrás abandonar a tu equipo.


Esa relación sufriente consolida el amor por esos colores que sigues irracionalmente. Que no elegiste. Que te cayeron encima. Aunque, claro está, al no tener un espíritu futbolísticamente masoquista, nada me hubiera gustado más que esta tarde no hubiera existido jamás. Y que mi amor no se pusiera a prueba con humillaciones como la de hoy.


Si después de esto sigo siendo hincha -no me cabe ninguna duda que así será- podré superarlo, comerme la ansiedad hasta que empiece una nueva temporada y saber que tarde o temprano volveré a disfrutar como loco la victoria futura: nuestra desconocida goleada a favor que algún día regresará.




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