Mr. Robot: el control es una ilusión
- Tabare Couto

- 10 dic 2018
- 2 Min. de lectura
Acabo de terminar de ver la segunda temporada de Mr. Robot, la creación de Sam Esmail: una pequeña obra de arte de la tv actual, tan agotadora como seductora.
Tras una primera temporada con menos juegos de espejos y confusiones sembradas para que el espectador caiga en sus trampas, estos capítulos ofrecen cientos de detalles que se agradecen: diálogos brillantes, actuaciones de primerísimo nivel en todos los papeles y una dirección en la puesta en escena de la seria que te envuelve en un universo de imágenes de una luminosidad agobiante que por momentos echa mano a encuadres que no son simétricos (me encanta esa fotografía con el personaje en un vértice inferior, idealmente el izquierdo) que desarticula tu percepción. O esa musicalización que aporta aún más tensión a escenas cargadas de tirantez.
Esta serie ahonda en el agobio (o los agobios) sicológicos de Elliot, su esquizofrenia y lucha antisistémica, su talento y sufrimientos familiares, así como, al mismo tiempo explota en el crecimiento de toda una serie de personajes alucinantes, una galería de seres normales que encubren monstruos interiores o monstruos que tienen visten cuerpos de seres normales… Da lo mismo. En ese entorno, la locura de Elliot es tan protagonista como el propio Elliot de la serie y el impacto de personajes como Angela (tan impenetrable como inquietante), Darlen (tan frágil como tiernamente desquiciada y sin escrúpulos) y hasta la detective Dominique (tan profesional en su rol policíaco como desolada y vacía en su condición humana), crecen y se apoderan de la serie. Y hay más personajes, ninguno lineal, ninguno previsible, donde al menos pueden destacarse otros tres o cuatro notables: el neurótico y ambicioso Tyrell Wellick; su despiadada esposa, la sensual Joanna; el maquiavélico líder de la corporación, Philip Price y, por supuesto, Mr Robot, en un contenido y eficaz Christian Slater.
“Mr Robot” en su segunda temporada te va secando y energizándote simultáneamente. Es fríamente caótica y oscura pero posee una calidez interior que a veces roza la ternura desgraciada de sus protagonistas. Venganza y redención buscan una oportunidad. Hasta en el más cruel hay algo de afabilidad. Hasta en el más loco hay algo de razón. La trama de esta segunda temporada se complejiza, a veces se vuelve delirante y te distrae. El control es una ilusión. Qué es real y qué es producto de nuestras mentes (más o menos) delirantes, no queda claro. El ritmo por momentos se relentiza hasta la exasperación del espectador. Sin embargo, no te suelta. Y al atraparte en su mezcla de locura, paranoia conspirativa, teorías económicas, conceptos tecnológicos, estrategias geopolíticas y violencia, logra desquiciarte y fascinarte al mismo tiempo. Amas y detestas profundamente a Elliot (brillante Remi Malek) y toda la serie de engendros humanos a su alrededor. Deseas realmente que le vuelen la tapa de los sesos o que se cure de su enfermedad y se deshaga de su dolor, tanto como anhelas que la serie termine de una puta vez para dejarte resoplar y descansar tu cerebro. O que continúe y empiece la nueva temporada, inmediatamente.
Original de Diciembre de 2017




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