Los restos del naufragio, SALA DE ESPERA
- Tabare Couto

- 10 dic 2018
- 2 Min. de lectura
La gente se dedica a esperar en las clínicas. Siempre tuve especial rechazo por los hospitales donde abundan esas salas de espera cargadas de tensión. Estuve hace unos días en una de esas salas de espera de sillones mullidos y diarios a disposición con una máquina expendedora de bebidas y galletitas a mi espalda. A lo lejos asomaba un cartel anunciando un plan de salud bajo el lema “Vivir Seguro”. Que te ofrezcan esa posibilidad mientras esperas que un familiar salga del quirófano no parece ser una estrategia menor de marketing frontal. Es un ataque publicitario directo al mentón de tus emociones mientras estás con las defensas bajas. Por detrás de ese cartel hay una especie de despacho y un doctor, o alguien vestido como uno de ellos, sale bebiendo café. Un humeante café bien cargado, supuestamente perjudicial para la salud. La gente sigue esperando en esa sala. Todos juntos y abandonados al paso del tiempo. Una pareja de cincuentones duerme. Una señora teñida de azul cobrizo y abrigo beige habla por su teléfono celular. Yo re-leo la sección de deportes sabiendo qué es lo que me contarán, al mismo tiempo que observo, unos metros más allá de lo que casi no podría escuchar, que dos mujeres conversan mientras, también, aguardan. Parecen una madre y una hija discutiendo sobre dinero. El tuyo, el mío, el de todos. La madre, de unos sesenta largos, con las tinturas abandonadas y marcando las raíces blancas, lleva una falda gris por donde asoma su pierna izquierda con el talón hinchado. De vez en cuando, entre los intervalos de la discusión, que mantiene sin mirar a los ojos a su oponente, come de un paquete de galletitas dulces. Tiene los ojos claros, como su hija. Esta tiene unos cuarenta años avanzados y mantiene la voz baja en la disputa, pero tampoco le mira. Sentadas una a cada lado, miran al frente y no de frente. Como buscando en el vacío delante de sus ojos, incluso buscando mi imposible aprobación, esa complicidad que nunca llegará. Discuten y esperan. Discuten sobre el dinero y esperan que el médico les avise que la operación finalizó. ¿A quien esperarán? ¿A un hijo, hermano, padre, tía solterona? Si estuviera ahí, ¿se habría unido este enfermo desconocido a la discusión? O, directamente, ¿si no tuvieran el motivo circunstancial que las unió en esa sala de espera calefaccionada al extremo, ni siquiera estarían juntas discutiendo? Entonces, no tendrían que mirar al techo, intentando huir de aquella situación y no se llenarían sus bocas de galletitas dulces para tragar la amargura de la rabia que la pelea les implica, para disimular su enojo, su hastío, su agotamiento mental. La hija me mira. La pareja de cincuentones despierta. La mujer con el celular dice “veanlo con el abogado” y un doctor aparece para decirme que todo ha salido bien, que ya ha terminado mi espera. Por lo menos, en esa sala.




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