Los restos del naufragio, MARY
- Tabare Couto

- 10 dic 2018
- 1 Min. de lectura
Atrás había quedado la casa con la luz violeta entrando por el comedor y el baile de Elvis, las fotos de Marlon Brando y Gregory Peck. Atrás habían quedado los bordados redondos, las faldas tableadas hasta los tobillos y los gatos ronroneando en el jardín. Frente al espejo, por primera vez, ví tan claramente que aún me sorprende, su rostro atractivo y dulce, en medio de un sueño espumoso. Yo no sabía que era ella tan hermosa como una estrella de cine de los años 50, con sus hombros descubiertos y su cuello de cisne brillando ante el reflejo de su propia imagen. La visión era en blanco y negro y muda, como siempre. Y ella, tan frágil y vulnerable, abría sobre sus piernas su amplio vestido negro y bajaba el rostro hasta elevarlo lentamente frente a sus ojos con lágrimas. Semidesnuda frente a sí misma, vio su cuerpo mutilado por la vida que se le iba y ni siquiera quiso llorar demasiado. Volvió a los recuerdos de la vieja casa y los juegos con Marta, la música de Elvis y los labios y sus movimientos y su jopo, a la foto de Marlon Brando y sus hombros y su campera de cuero en "El Salvaje" y a Gregory Peck y su mirada áspera y penetrante. La imagen se me esfumó en el despertar, desapareció del blanco y negro al color de la mañana y de lo imposible a la realidad y ella se alejó de mí nuevamente hacia un sitio sin código postal y en silencio.
Publicado originalmente el 1 de Mayo de 2008




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