El autoritario nuestro de cada día
- Tabare Couto

- 10 ene 2019
- 2 Min. de lectura

Las señas de autoritarismo pueden camuflarse y adornarse de tal forma que incluso hay veces que esos seres, intrínsecamente autoritarios, se pasean delante de nuestras narices y hasta se lucen como demócratas ilustrados, simpáticos y seductores, ocurrentes y hasta inteligentes, con justas dósis de cultura popular interpretada, eso sí, bajo unos códigos deformados por ese autoritarismo vital que les brota y por el cual deben hacer esfuerzos más o menos titánicos para no dejar aflorar su verdadero ser en cualquier momento y lugar.
Sin embargo, cuando el autoritario nato se siente cómodo y, sobre todo, se siente celebrado, protegido (incluso por ese mismo entorno democrático que desprecia y viola constantemente), libera sus pensamientos y acciones de tal forma que se muestra tal como es: como un ser intransigente, irrespetuoso, egoísta, despreciable y discriminatorio en el más amplio sentido.
Su figura, nuevamente, ante el asombro se torna centro de sorpresa, celebración patética o escena grotesca, dependiendo del sentido del humor y la tolerancia de cada uno. Pero siempre, indefectiblemente, trasluce un fondo social peligroso. Porque el autoritario a partir de su discurso, que siempre excluye a los demás y los denigra, nunca es inofensivo. Siempre hace daño. Siempre lastima. Aunque trate de aparentar lo contrario y hasta logre escudarse en lo que más detesta (la más absoluta libertad de expresión), su discurso vital (y no estoy hablando únicamente de política) está anclado en el odio, la burla y de ese trato siempre perjudicial sobre lo que detesta y le resulta diferente: sexo, raza, ideas, creencias, etc. Su estilo pasa por avasallar a los demás, ya sea con chistes de mal gusto o ataques despiadados, con insultos o mentiras, y se ampara en el poder que ha construido a su alrededor que le permite sostener sus redes de protección (por temor, conveniencia, ignorancia).
Las personas intrínsecamente autoritarias intentan hacernos creer que son solamente personajes de carácter fuerte, incluso a veces simpáticos, otras ocurrentes y que el mundo exagera sus salidas de madre porque los tiempos son hipersensibles, porque en el fondo de sus exabruptos -dicen- ellos son personas “normales” y los “raros” son los otros, y nos quieren hacer creer que ellos son los auténticos integradores de opiniones ajenas. Y no es verdad. Los autoritarios, que se aprovechan de un entorno precisamente democrático saboreando constantemente esa libertad, detestan intercambiar ideas o conversar, porque odian escuchar al otro. Y todo el mundo sabe que no hay nada mejor para no escuchar al otro que gritarle y ojalá con una buena andanada de insultos.
Si un autoritario encuentra un punto de encuentro o diálogo, está derrotado. Por eso el insulto y la confrontación es su aliado natural. Entonces, muchas veces el silencio de los inocentes, suele ser sinónimo de desaliento y rendición. A veces, sin embargo, ese silencio, además de un acto humilde de resistencia, puede ser el punto de partida de un discurso libre, tal vez una pequeña victoria, la primera. Pero, cuidado: un autoritario desesperado, que se siente vencido, ya sea en el ámbito cercano o en el genérico de la política, buscará una última solución, claro está: eliminar al otro. La historia no ofrece doble lecturas en estos casos: no son pocos lo autoritarios que han apostado por esta solución final para silenciar a los inocentes. Para siempre.


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