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El espíritu de Janis: Landmark Hotel, L.A.

  • Foto del escritor: Tabare Couto
    Tabare Couto
  • 17 oct 2019
  • 7 Min. de lectura

AGOSTO 1994

Muy temprano por las mañanas, el cielo se ve gris en Los Angeles. Y en esa franja horaria tan hostil para los forasteros, la humedad, flotando sobre las zonas verdes, comienza lentamente a invadir los rincones de la ciudad y al mismo tiempo que iniciamos el rito de vestirnos para salir a la calle, el mejor y más sofocante calor de los días de agosto, guiña cómplice su pegajoso cariño a los fantasmas y espíritus atrapados en la extensa mole de cemento. Los Angeles es tan salvaje como impúdicamente bella. Atravesada de razas y de estrellas fugaces.


Cuando el cielo empieza a teñirse de azul -porque no es celeste- el césped de un diminuto remanso verde frente al Highland Gardens Hotel -antiguamente llamado Landmark Hotel- recibe un avaro riego en su despertar reseco. Los coches zumban por Franklin Avenue hacía ambos lados, y en el 7047, un hotel achatado se recuesta sobre sus anchos hombros, extendiéndose a lo largo de una puerta amplia que invita a sus habitaciones agobiantes. A trescientos metros se encuentra el Boulevard de la Estrellas, tapizado de pies y manos muy famosas y endurecidas por el cemento y condenadas a los eternos pisotones de los más torpes y golosos turistas que la historia del consumo internacional pueda recordar. Pero allí, en Franklin Avenue, frente al Highland Gardens, todo es ruido de coches acelerados, césped reseco levemente mojado y brisa cálida.


Unos cuantos kilómetros al norte, Haight-Ashbury en San Francisco es una postal algo caricaturesca del epicentro hippie que fuera treinta años atrás. Y también en las mañanas se convierte en un sitio de un silencio liviano desperezándose lentamente. Con sus colores bajo llave, su murales ajados, añorando aquellas noches de brillante movimiento, en San Francisco, en realidad, los recuerdos, la soledad y las muertes rockeras parecen ser más apacibles y poéticas, menos dolorosas y más irreales que las de Los Angeles. Pero en L.A., la soledad es tan solo soledad a secas, el silencio es vacío rotundo y las muertes rockeras, además de estadísticas frías y decadentes, son tan solo muertes. Por eso los fantasmas y espíritus del rocanrol atrapados en ambas ciudades son tan diferentes. En San Francisco, son almas que parecen flotar en armonía, protegidas por la humedad que llega desde la bahía. En Los Angeles, sin embargo, sus fantasmas son testigos imperceptibles cuando la luz ilumina el día y se convierten en almas en pena, espectros atormentados y ruidosos, cuando anochece. Saltan por los balcones de los hoteles y se arrojan a las piscinas, por ejemplo, del patio central del Highland Gardens. Sin suerte, entonces, tratan de escapar nadando bajo la luz de la luna. Saben que la ciudad los castigará cuando la luz se ha ocultado. Son espíritus mortificados por su pasado bajo los haces de neón que los vieron morir. Y a veces la ciudad los revive contra su propia voluntad en otros cuerpos inocentes.


Tal vez aquella madrugada del 3 al 4 de Octubre de 1970, Janis Joplin se topó con algunos de estos espíritus desesperados de soledad que rondaban una mesa repleta de vasos vacíos y sudores de whisky en el Barney`s Bearney de West Hollywood. Y con algunos de estos ángeles endemoniados y una hipodérmica que un dealer inescrupuloso cargó con una dósis demasiado pura de paraíso e infierno en polvo, cargada de pesadillas y sueños blancos, la texana se fue a su cama en la habitación 105 del Landmark Hotel para no despertar jamás. Estaba en el 7047 de Franklin Avenue. Frente a un remanso verde que nunca llegará ni siquiera a ser un parquecito para niños y abuelos aburridos. El mismo lugar al que yo volvería unos veinte años después.


JUNIO 2019


Llevo 8 años seguidos viajando a Los Angeles. Y cargo unos cuantas visitas previas más, incluyendo aquel debut en Agosto de 1994. A veces pienso que debe ser la ciudad que más he visitado en mi vida. La desprecié, la comencé a aceptar y ahora la adoro. Cuando no voy, la extraño demasiado. Y desde hace siete años, habiendo tantos hoteles y tantas opciones, elijo hospedar en el Highland Gardens. La primera vez fue a regañadientes y de casualidad: empujado por la insistencia de mi amigo Pablo. Y actualmente es mi punto de llegada inevitable. Mi familia y yo somos unos viejos conocidos de las antiguas habitaciones de moquetas decoloradas y, sobre todo, de los mini departamentos reformulados, bastante más acogedores, luminosos y sin ese olor a encierro de las habitaciones históricas. En el hotel, que ostenta una categoría de tres estrellas, hay visitantes de paso y huéspedes más o menos permanentes. La recepcionista amiga, que es de orígen salvadoreño, me insiste que esta vez, si quiero, puedo ir a conocer la habitación de Janis. Cada año hablamos de aquello. Mi familia ya no se sorprende porque conoce mi fijación -fetichista y obsesiva- con ciertos objetos y lugares. ¿Para qué?, dudo. ¿Para descubrir un armario lleno de mensajes de visitantes (más o menos) morbosos y observar por la ventana que da a Franklin? ¿Para olfatear la tristeza en esas alfombras descoloridas y gastadas? Paso. Prefiero rellenar ese café americano tan aguado, untar esos exquisitos y crujientes bagels tostados con queso crema y salir a caminar por una ciudad en donde todo el mundo anda en coche. Queda poco y nada de aquel rocanrol que sacudió California, lo sé. Pero me enchufo a mis auriculares y parece que el futuro fue ayer.


Ahora estoy en el centro de la ciudad. No es un lugar particularmente llamativo pero tiene su encanto escondido. Entre The Last Bookstore y el edificio Bradbury, en mi cabeza suenan varias canciones. Toco el cielo con “Mercedes Benz” a capella, que Joplin co-escribiera con Bob Neuwirth y el poeta Michael Mc Clure. Janis la grabó en una sola toma tres días antes de morir. Busco la emoción. El alma triturada. El corazón hirviendo de una canción. La ironía, la poesía popular y la tradición van de la mano. Y ahí están. Aunque hoy por hoy esa música no se refleje en las calles que recorro, debe haber algún rastro en la ciudad. Más allá de la placa de la habitación donde murió Janis. Del bar donde se emborrachó John. Del local donde tocó Jim. Entre los sonidos de hoy busco a mi alrededor y, sin embargo, no intuyo al nuevo Dylan, al James Brown del futuro o al Chuck Berry de esta generación. Ni a una Janis, ni a un Lennon o un Richards. Ni a un Bowie ni a un Zappa. Ni a un Strummer, Springsteen, Bono, Chuck D o Hetfield. Ni a un Thom Yorke o un Kurt Cobain.


Sigo caminando. Veo una disquería. Ya casi no quedan disquerías en Los Angeles. Ya sobreviven pocas disquerías en el mundo, en realidad. Y aunque todo esté al alcance de un click y no compres nunca más un disco, aunque solo fuese para ir a tocar, olfatear y ver esos objetos, y ver a la gente haciendo lo mismo que uno, y tener una excusa para salir de tu casa: deberían existir muchas más disquerías. Para revolver los viejos artistas. Y palpar los envoltorios de los nuevos, no solo streamearlos. Porque sí: claro que hay muchos nuevos artistas, pienso en mi caminata angelina. No me emocionan tanto como “Mercedes Benz” a capella, pero hay flashes de talento pop, trallazos de lucidez rockera, algunos buenos discos, canciones aisladas, shows inspirados. Y en este centro de L.A., unos pasos más allá, hay una esquina donde U2 grabó un video cantando que las calles no tenían nombre y ahora es un paraíso de homeless, y debería encontrar el lugar donde los Doors hicieron su famosa foto del Morrison Hotel, pero no logro reconocerlo. Me siento parte de un museo viviente. Un ser en vías de extinción con la perspectiva de contar lo que vió hacia atrás y proyectarlo en el presente, y nada más. Sin más expectativa en el futuro musical que recordar. Bucear en el recuerdo y analizar la influencia del pasado en nuestros días y los que vendrán. No es poco. No es necesariamente malo. Y no es solo nostalgia. Es historia. Somos historia. Es el inexorable paso del tiempo que llevará a que los grandes nombres del rock serán muertos ilustres dentro de poco, como lo es Janis desde hace mucho.


Antes de llegar de regreso al hotel veo un enorme cartel callejero que anuncia el documental sobre Dylan en Netflix. Iré a verlo a un cine en Los Feliz más tarde. Soy un ser contradictorio (y algo estúpido) que ve un documental ideado para el streaming pagando 9,50 dólares en un cine semivacío del barrio donde nació Micky Mouse y al lado de la hermosa librería Skylight que te ofrece un catálogo inigualable de obras de Bukowski. Me compro las memorias del crítico de rock británico, Nick Kent, “Apathy for The Devil”. “Teníamos una idea más elevada de la música que hoy”, escribió Kent. No podría asegurar que para mis hijos sus artistas actuales no representen lo mismo, razono. “La música era toda una visión del mundo”, agregaba Kent. Ahí, admito, el ex crítico es posible que tenga un punto a favor. Sin embargo, recuerdo una frase que escribió Ignacio Juliá en una reseña sobre el mismo Kent, filosofando -y corriendo el riesgo de la generalización- sobre el valor actual del rock y de los viejos artistas y de esa música que nos cambió la vida: “Esa música va diluyéndose en la venalidad o la autoparodia, regenerándose en consecutivos revivals y cayendo nuevamente en el olvido, aferrándose a la actualidad como rancio material de la nostalgia”. Eso dolió.


Al acercarme al hotel, desde una tienda de merchandising suena la música de Billie Eilish que, por cierto, es inquietante. Esa música actual debería ser parte del futuro, aunque sólo sea un fragmento aislado pero representativo de una nueva visión del mundo. Entre gorros de Harry Potter, Games of Thrones y Fornite, la camiseta con la araña en su boca, ya está en oferta.


Atravieso el luminoso lobby del Highland Gardens. Jamie, la recepcionista, me vuelve a insistir si no deseo conocer la habitación de Janis. La 105.


No gracias, le digo.


No aún.


Publicada en dos partes en www.escaramuza.com.uy




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